TALLERES

jueves, 28 de junio de 2007

JORGE RETAMAL VILLEGAS- TALCAHUANO

EL ABUELO

Tata... ¿ le tiene miedo a la muerte?
Mi anciano abuelito me miró y, sonriendo, mientras se esforzaba en el manejo de los remos de la pequeña chalupa en que aún se ganaba la vida como pescador de la vieja Caleta El Soldado, después de unos momentos me respondió...
¿Que crees tú que es la muerte?
Y ambos quedamos en silencio, escuchando tan sólo el gemir de los remos en las gastadas chumaceras de la embarcación.
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El abuelo Silverio debe haber tenido unos ochenta años y, a pesar de su muy encorvada figura, todavía salía a la mar para mantener a su mujer, y a mí, a la sazón de unos nueve años de edad.
El bondadoso anciano había asumido como un deber mi cuidado cuando mi padre falleció y, por cierto, dentro de ellos estaba el irme formando en los menesteres de pescador, sorprendiéndome cada día de las cosas nuevas que me enseñaba o compartía conmigo.
¡Allá le gustaba ir a tu padre a nado...a mariscar! me decía cuando nos encontrábamos preparando los espineles en la playa de la caleta, señalándo hacia Los Canales, unos roqueríos que deben haber distado unas dos millas de la costa.
¡Era como un lobito de mar mi hijo! concluía, siempre sonriendo.
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Al poco rato, y sin interrumpir su acompasada boga, inició el relato de una nueva historia con que solía amenizar la navegación cuando nos hacíamos a la mar.
Erase una vez un viejo sabio llamado Platón que vivió en los principios de la civilización, a quién le gustaba contar una historia de hombres que vivían en una caverna subterránea.
Decía que permanecían de espaldas a la entrada porque así se habían acostumbrado por generaciones, de suerte que sólo podían ver hacia la pared interior de la caverna en la que se podía ver unos seres parecidos a las personas quienes -al moverse- dibujaban sombras proyectadas por el resplandor de una hoguera en la pared que miraban esos hombres.
Y esto era lo único que habían visto desde que nacieron, sentados en la misma postura, y creyendo que las sombras era lo único que existía.
Un día -continuó- uno de los habitantes de la caverna fué invadido por la curiosidad de saber de donde provenían las sombras así que se dió vuelta y caminó hacia la salida de la caverna en donde la luz -a la que no estaba acostumbrado- le cegó por un rato.
Cuando consiguió abrir los ojos, descubrió que las sombras habían sido reemplazadas por figuras de animales y flores, todos nítidos, de gran belleza y variados colores, comprendiendo que lo que había visto en la caverna sólo eran malas copias de tanta hermosura.
Pero ese hombre no quiso disfrutar sólo de su descubrimiento sino que -leal y solidario- recordó a sus compañeros que se encontraban en el fondo de la caverna y volvió a bajar a contarles lo que había visto y tratar de convencerlos de que las sombras de la pared era sólo copias de cosas reales con verdadera forma y colores diversos.
Pero estos no le creyeron, y el más viejo de todos tomó la palabra y -autoritariamente- le señaló hacia el muro diciéndole que su experiencia y conocimientos, así como los de sus antepasados, indicaban que lo que allí había era todo cuanto existe, y después de haber hablado, ordenó al resto de hombres que lo mataran.

¿Va entendiendo ahora mi niño, por qué no se le debe tener miedo a la muerte?
Nada más me limité a mirarlo porque la verdad es que la historia me pareció bonita, pero su significado no me dijo nada.
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Durante largo rato y mientras desplegábamos los espineles me quedé calladito.
De vez en cuando lo miraba en busca de mayores explicaciones, pero el tata se limitaba a silbar despacito mientras preparaba la comida con que íbamos a entretener la espera necesaria que decidiera a los peces a picar.
De pronto, retomó la conversación... ¡Mire mi niño! usted sabe -porque para eso estudia- que los seres humanos tenemos varios órganos de los sentidos. La vista, el oído, el tacto, el olfato...las sensaciones que captamos a través de ellos son como las sombras que veían los hombres de la caverna subterránea. Los seres humanos que viven tras la inmediatez de sus sentidos -esas sombras- creen que eso es todo lo que existe...sin embargo otros -como el que salió de la caverna- escalan al mundo del espíritu y de las ideas, mucho más luminosas y reales...y algunos de ellos vuelven a por sus compañeros para enseñarles lo que vieron al otro lado...
¿algo así como por eso mataron a Jesus? le interrumpí.
¡Ve...entendió al tiro! Así que por eso es que no hay que tenerle miedo al momento en que ya no disponemos de los sentidos...el que no existan las sombras no significa que no siga viva la esencia que nos dió el Creador...
Las ideas se me vinieron a la cabeza y, casi quemándome con el caldillo que la abuela nos había embarcado y que mi tata terminaba de calentar y servir, lo volví a interrumpí...
¡Pero el curita en las clases de religión dice que somos hecho a imagen y semejanza de Dios!
Así debe ser si lo dice un sacerdote...me respondió apacible.
¡Pero no p’us tata! Dígame usted si eso es verdad o nó...

Una calma preciosa nos estaba rodeando y de nuevo se produjo ese silencio que nos unía tanto.
El tata me dijo...mírese en el agua m’hijo y dígame que ve...
Me incline por la borda y ¡claro! observé mi rostro reflejarse límpidamente en la mar.
Sin comprender mucho, miré al abuelo quién me sonreía pacífico.
Eso es lo que quiere decir su curita, me señaló... estamos hechos a semejanza de Dios pero ¿se da cuenta que no somos iguales a Él...somos su imágen ¡claro! pero eso solo significa lo que usted acaba de ver...
Meditó un poco y continuó...en una superficie como un espejo usted puede ver su imágen pero ¿se ha dado cuenta que está al revés?...o sea que en esta vida estamos al revés de lo que es Dios...así es que la suerte de vivir, a lo mejor, es sólo la maravillosa oportunidad de hacer las cosas al revés de nuestros sentidos...quizás, es la oportunidad de escapar de las engañosas sombras. Luego, nada cuesta aceptar que la muerte -como se le llama- sólo cierra el tiempo que se nos ha dado para cruzar el espejo...y fundirnos en Él.

Mientras nos afanábamos recogiendo el espinel, y sacando los robalitos de los anzuelos, se enderezó de pronto masajeándose la cintura con gesto de dolor.
¿Es usted feliz tata? le pregunté.
Una de sus enormes y callosas manos de remero acarició con suavidad mi cabeza y me dijo...la felicidad es sólo un recuerdo mi niño...no se puede ser feliz en un instante o en el futuro...cuando me llegue la hora de cruzar el espejo...sólo entonces, tú y yo, sabremos si he sido feliz.

Un día cualquiera, cuando regresaba de la escuelita del cerro Buena Vista en que cursaba mi primaria, encontré a mi abuelita sentada bajo el parrón, cabizbaja y pensativa.
Me miró con ese dulce y azulado mirar de los ancianitos, se encogió de hombros y me mostró las palmas vacías de sus manos.
Un súbito presentimiento me impulsó a correr hacia el dormitorio de mi tata.
Estaba en su cama, vestido de gala con el traje que había usado cuando se casó con mi abuela.
Un rayo del sol del atardecer que se colaba por el ventanuco del ranchito, iluminaba la suave sonrisa que se había fijado en el natural bondadoso de su, ahora, inerte rostro.





CUESTION DE PRINCIPIOS

¡Se presenta Mario Maldonadooo! exclamaba...entrechocando sus talones y llevándo la mano a una invisible visera. Así era como a él le gustaba saludar cuando entraba al “Car’egallo”, una borrachería que estaba detrás de la “línea” en pleno puerto chorero.
Se atribuía su forma de saludo a que había sido “paco” en sus tiempos mozos y, que su afición a los “terremotos” lo había sacado de sus filas.
(el “terremoto” -como él lo llamaba, atribuyéndose su invención- era un cuarto litro de brebaje alcohólico al que le prendía fuego para que soltara el vapor etílico que -una vez apagado- aspiraba primero y tragaba después.
Es cuestión de hacerse la imagen de las piruetas que hace un globo de fiesta infantil al desatarse el nudo que mantiene el aire al interior, para representarse debidamente los efectos que le producía apenas ingerido.
Hacía -además- un trago con la misma fórmula, pero solo de la mitad del primero, al que él llamaba “réplicas”, con los que le gustaba continuar cuando los efectos cuasi epilépticos del primer “pencazo” se le estaban pasando y, un terremoto, seguido de dos o tres réplicas, era suficiente para dejarlo en estado de santidad).

El “Huaipe” completaba nuestro trío de borrachos.
(Quien haya visto un puñado de fibras de lana embebido con aceites de motores en un taller mecánico, podrá darse cabal cuenta lo bien puesto que estaba su apodo)
Contrario a la actitud del Mario, a éste le gustaba recortar silenciosamente su inmunda sombra en la entrada de la cantina, hasta que todos se daban cuenta de su arribo.
Le gustaba saborear la expectación que producía su llegada.
Una vez conseguido su objetivo, y sólo entonces, se acercaba al mesón y pedía un litro de tintolio.
Sin dejar de mirar a la concurrencia, metía lentamente su mano al bolsillo y sacaba un huevo de gaviota -¡vaya a saber uno de donde diablos los sacaba!- que partía y mezclaba con lo que él llamaba vino.
El silencio acababa entonces y el jolgorio empezaba.
Según él, eso era pura droga. La “coca” del pobre la llamaba.
(Confieso que nunca me atreví a a probar esa mezcolanza). Lo único que puedo decir es que los borrachísimos hombrescafé -que eran los aficionados a ese trago- se iban quedando como mustiosembelesados al poco rato de probar una cañita que, generosamente, el Huaipe repartía entre ellos.
(Los hombrescafé eran los más vagos entre los vagos, y relativamente peligrosos de noche y con sed. Acostumbraban dormir la mona en la plaza “El Ancla” encima de un murito con un grafitti que decía “Cristo me transó”)

Estábamos en nuestros afanes etílicos una tarde, cuando una frase sacrílega en ese templo, nos dejó en suspenso... ¿En qué custión podríamos trabajar -hemmanitos- pa’ganar unas moneas?
La sospecha de algo terrible nos atravesó a todos. ¡Se enamoró el Huaipe ... por la cresta!
La verdad es que no podíamos concebir ninguna contingencia más terrible que esa, como para hacer que un hombre como él -eximio borracho- pudiera largar tal disparate. Los hombrecafé nos abandonaron de inmediato y se arrinconaron tras unos toneles, como para evitar contaminarse. Así es que el Mario y yo nos quedamos des-solitariando a nuestro amigo en tan difícil trance... ¡No te preocupís Huaipecito... ya se te va a pasar..!
¡Si no es n’a lo que ustedes creen h’o...!
Lo que quiero es ganar unas güenas monedas p’a tomar hasta caerme muerto, y sin tener que vivir en esta angustia diaria de no saber si mañana voy a poder seguir chupando o nó!
La luz se hizo de inmediato en nuestros cerebros. Nunca hubiéramos imaginado que el Huaipe era no sólo un hombre previsor, sino que de propósitos tan elevados, como para llegar a la ignominia del trabajo con tal de asegurar el copete a futuro.
Y empezamos a intercambiar ideas, mirando de reojo al resto de contertulios, como para que no fueran a arrebatarnos a nuestro impensado gurú.
¡No po’h, ni pensar en ir a sacar bronce al desguace.. no ví’s que hace más frío que la cresta y el huevón del Cambalache paga una miseria y más encima tiene las balanzas arreglás!
¿Y si vendimos pescá en el puerto?
¡Ni cagando!...no ví’s que nos pueden ver trabajando...
¡hay que respetar los principios!...¿o nó?

Llevábamos ya un rato conversando sin poder arribar a una conclusión cuando, al sacar mi bolsita de chicharrones de lobo p’a echarle algo más sólido a las tripas, al Mario se le iluminó la ampolleta,
¡Aceite de lobo...ahí está el negocio! exclamó...miren, los viejos andan como locos a la siga del aceite de lobo. Dicen que les mejora la artritis y les afirma la otra custión. Quean como potrillos ‘icen..
Nos empezamos a acalorar con la discusión. La cantidad de copete que nos podíamos tomar con sólo vender aceite de lobo era tan grande, y tan cercana, que no nos dábamos cuenta que topábamos con un gran problema... ¡como nos hacíamos con los lobos y les convencíamos que nos permiteran hacerlos aceite!
Pero como no éramos políticos, la pregunta lógica apareció pronto...
¿T’a bien po’h! ¿ y como lo hacimos?
¡Ni un problema ganchitos! dijo el Mario, tengo un cumpa en el Morro que nos puede prestar el bote..un socio de la Maestranza nos puede hacer unos arpones y el resto lo cachuriamos en algún lado...¡y listo!
Miró, asombrado, nuestra expresión de desaliento, hasta que el Huaipe -hipócritamente- musitó...
¿Y como lo vamos a hacer con el mastique?
El mastique...¿no será el copete lo que los preocupa?
(No había nada que hacer con el Mario...que calidad de paco se perdió Carabineros... ¡p’tas que conocía en profundidad la naturaleza humana! )
Si po’h gancho... ¿cuanto tiempo vamos a ser capaces de aguantar sin trago?...una cosa es sacrificarse al exponerse al trabajo y la otra, abstenerse de chupar... eso es inaceptable po’h...
El problema que enfrentábamos asumió características de la mayor gravedad y nos sumió en el desaliento hasta que el Mario exclamó...
¡Listo...! usemos el Care’gallo Diners.
El alma se nos volvió al cuerpo. Todo era cuestión de pedir el licor al fiado con el dueño del bar, circunstancia extrema a la cual habíamos recurrido en otras oportunidades y que -por haber cumplido fielmente con los pagos- nos otorgaba tranquilidad.
(Claro que esos habían sido unos copetes...ahora el salto era harto grande...dos chuicas de quince por lo menos...ese era el mínimo combustible que requeríamos para una semana de trabajo).
¡Hubiéramos sido la envidia de cualquier ministro de estado por la diligencia y expedición con que pusimos en marcha nuestro etílico proyecto! tanto así que, veinte horas después, con las chumaceras acolchadas y, como a las dos de la madrugada, pasamos remando calladitos frente a la Marítima.
A la vuelta de Tumbes, caí en la cuenta de un detalle que, en mala hora, pasé por alto. Mis socios no tenían idea de como era el mar abierto y el vientecito nos puso mala la cosa.
Sentado a popa, pasé tres horas con las manos acalambradas de tanto forcejear con el remo que nos servía de timón, pero más cansada la lengua de tanto hablarles para convencerlos que que no íbamos a naufragar...y que siguieran remando porque, lo único que se les ocurrió cuando vieron las olas que se nos venían encima ¡era chuparse las dos damajuana, antes de morir!

Por fin llegamos a la Desembocadura. Nos fuímos costeando por unos canalizos buscando una playita para arrancharnos, cuando, sobre una roca lo vimos...
¡un lobo macho, inmenso!...
pero esa visión duró sólo algunos segundos porque -instantes después- dejó de ser un simple lobo para transformarse en una idílica aparición... ¡una ruma de chuicas, preciosamente apiladas una sobre otra!
La excitación nos colmó.
El Mario, quien por haber estado matrimoniado había tenido que trabajar de aseador de la plaza de armas y tenía experiencia en eso de ir pinchando las hojas caídas de los árboles con un palo que tenía un clavito en la punta, fué automáticamente designado el arponero de a bordo.
Y allá fué el arpón con su docena de metros de cordel a la siga... (Si uno pega un salto con sólo pincharse un dedo con un alfiler, es cuestión de imaginar el brinco que pegó el lobo al sentirse arponeado).
En fracciones de segundo, media tonelada de lobo marino arponeado se lanzó al agua y empezó una desenfrenada carrera semisubmarina por entre los canales y roqueríos llevando a la rastra, si mal no recuerdo;
un bote,
dos damajuanas de a quince,
y tres borrachos cagados de susto,
Ni medio minuto habremos aguantado, sin atinar a nada, cuando nos estrellamos contra una roca. Por unos instantes el mar a nuestro alrededor se tiñó de rojo al romperse el bote...y las chuicas.
¡Las chuuicas... por la puuuta!...
Estábamos mojados, cansados, hambrientos... en la indigencia y soledad más absoluta...pero lo único que llenaba nuestros pensamientos, en esos trágicos momentos, eran las dos chuicas y su precioso contenido.

Derrotados, iniciamos la larga caminata de regreso.
La explicaciones vendrían después.
Treinta litros de vino en dos chuicas nos pesaban en el alma.
Nuestro caminar era el más legítimo de los funerales...tal era el duelo que nos embargaba.
Y así llegamos al Puerto.

Las carcajadas con que el borracherío recibió nuestras explicaciones fueron de alquilar balcones.
Menos mal que el bote era viejo y tenía poca vida. Además ese era un buen final para un compañero de trabajo. Había sucumbido en su ley.. lo demás tenía arreglo.

Y nos prestaron otro bote.
Y la Care’gallo Diners nos aumentó el cupo.
Y partimos de nuevo... firmemente dispuestos a salirnos con la nuestra y transformar en vino cuanto lobo se nos atravesara por el camino.
Pero, como la experiencia es madre de la ciencia, por supuesto dejamos tranquilos a los grandes lobos.

Una semana justa nos demoramos en convertirnos en el envase al cual trasvasijamos el vino de las chuicas y, junto a esa hermosa tarea, observamos con satisfacción que las dos damajuanas estaban casi llenas del preciado aceite.
¡Si la cosa sigue así -se me ocurrió decir- podríamos dedicarnos a la exportación!
Los reproches no se dejaron esperar
¿Que te creís..? ¿que estamos trabajando p’a comprarnos casa?... ¡No sea huevón socio!... ¡Hay que respetar los principios!... ¡El sacrificio es p’a tomar... y punto!
Para terminar la recriminación, el Mario, que por algo había sido paco y contaba con la sólida formación jurídica institucional, nos alertó,
¿Que no saben huevones que está prohibido matar lobos? ¡Nos pescan con el aceite y estamos fritos!
Pasado el mal rato se inició una nueva discusión. ¿Quién sería el encargado de ir a vender el aceite?
La sospecha y la desconfianza nos apartó en esos momentos... pero no era por dudar acerca de la honradez de cada uno, o temer que el designado pudiera huir con el dinero de la venta... ¡no señor!
La cuestión estaba en que los tres sabíamos que cualquiera que resultara designado ¡ni cagando iba a poder evitar las ganas de chuparse las monedas...y lo íbamos a encontrar raja, el día del hongo... y sin ni uno!
Pero los borrachos no somos abogados, así que nos pusimos de acuerdo en un dos por tres... ¡Los tres vamos a Conce, caramba...y listo!

En Lenga nos encontramos con el Car’echiste (le decían así por una cuchillada que le cruzaba la mejilla y le dejó una sonrisa que molestaba, en especial, en los funerales), nos olfateó primero, nos miró raro después, nos convidó de una caja de vino Hermanos Camorra y se apartó de nosotros sin dirigirnos la palabra, cosa rara en un correveydile como él.
En ese momento no le dimos mayor importancia a tal hecho.
Seguimos tranqueando hasta las Cuatro Esquinas donde el Mario, con la extraordinaria personalidad que le daba el permanecer inconsciente de su facha, hizo parar una micro...
¡Jefe..! ¿nos lleva a Conce?
¡Que extraño!...fué como una reacción química...subimos nosotros y todos los pasajeros descendieron en el paradero siguiente.
Ahí caí en la cuenta.
¡P’tas el olorcito que traíamos!
(...una semana durmiendo en una cueva...abrigándonos con los cueros frescos de los lobos sacrificados, comiéndonos su carne y ahumándonos en las fogatas en que cocíamos el descuartizamiento...¡madre mía!)
Menos mal que el chofer no nos hizo bajar.
Se limitó a mirarnos por el espejo retrovisor y, mientras aumentaba la velocidad al máximo, largó una sola frase...
¡Quién me mandó a subir a estos huevones...por la cresta...me dejaron la micro pasá’sta las güeas!
Y no dijo nada más... seguramente para no tener que aspirar aire.

En Conce fué peor...éramos como de otro mundo... alrededor nuestro la gallá se detenía y hacía un círculo.
Si andábamos p’a un lado el círculo se corría... (nos empezó a gustar la cosa)... de repente andábamos más rápido, y en otras más despacio...en otras nos íbamos hacia la derecha, o hacia la izquierda...¡p’a puro divertirnos!...porque siempre quedábamos al centro del círculo que nos hacía la gente. Además que parecíamos apóstoles, sucios y barbados.
La gallá nos miraba. (y eso que íbamos a tratar de pasar “piolas” p’a que los pacos no nos fueran a pillar con nuestro cargamento). No nos cabía una aguja en el poto cuando nos dimos cuenta de lo que arriesgábamos.
(El “canazo” no era lo peor, sino los días que íbamos a tener que pasar en chirona sin trago...a lo que añadíamos la verguenza por la violación de nuestros principios al haber trabajado ¡una semana seguida! y, más encima, nos empezó a invadir la angustia de ver volatilizarse todo el trago que nos íbamos a chupar, con que sólo que un “paco” nos fuera a confundir con “vagaúndos”).
P’a mas coronarla, el farmacéutico nos retó...
¿No pueden mandar una “iñora” jetones? ¿no ven que medio Concepción se da cuenta -por el olor que traen- que les estoy comprando aceite de lobo?
Pero nos pagó bien.
Después, ya no me acuerdo de mucho...
sé que el bote lo encontraron y lo trajeron a remolque unos cumpas del Mario... y que en el Care’gallo fuímos recibidos como héroes... hasta el día en que -por una cuestión de principios- decidimos separarnos.
Y todo porque, estando en nuestros afanes etílicos una tarde, ya sin dinero después de la remolienda, una frase sacrílega del Huaipe nos dejó en suspenso...
¿En qué custión podríamos trabajar -hemmanitos- p’a ganar unas moneas?

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA:

Dicen que nací en el invierno del año 51. No me consta, porque a la sazón era un bebé. Lejos, soy el menor de mis hermanos, lo que me transforma en mero polvo de curado, por lo que crecí huérfano hasta de mi mismo, aprendiendo maldades en el puerto de Talcahuano, en el que aprendí a escribir y leer de corrido, así como a comer con cubierto completo y beber nada más hasta caer... porque me enseñaron que no era de caballero beber en el suelo.
Desempeñé variados oficios excepto el de conservador de minas (tengo mala erre...), hasta el día que tropecé con ella, quien me dijo qué porqué no escribía las mentiras que le contaba, así es que desde entonces me dedico, de vez en cuando, a la literatura... que es como le llamo al deseo de copetear, sin sentirme ocioso.
Algún día, cuando el abuso del tabaco detenga mis trajines, quiero escribir una historia de amor... orgásmica y lloriqueante... por ahora, estoy meramente recopilando experiencia. ¡¡Llame yá!!

2 comentarios:

INGRID ODGERS dijo...

Seguimos, pese a las dificultades contando con valiosos aportes para rescatar la identidad literaria del puerto de Talcahuano y de nuestra región del BíoBío. Gracias por compartir tus narraciones con nosotras.

Rodrigo dijo...

Oi, achei teu blog pelo google tá bem interessante gostei desse post. Quando der dá uma passada pelo meu blog, é sobre camisetas personalizadas, mostra passo a passo como criar uma camiseta personalizada bem maneira. Até mais.