TALLERES

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viernes, 2 de diciembre de 2011

sábado, 6 de noviembre de 2010

EL PERFUME

 Parte I
 
Antonia cerró la puerta y se quedó  pensando: llevo las llaves, el celular, la agenda, el monedero. No se me olvida nada. Apretando la cartera, avanzó por el estrecho camino que separaba su casa de la calle principal, en el condominio donde vivía hace sólo seis meses. Volteó la cabeza para mirar hacia la ventana del segundo piso donde su hija dormía plácidamente la inocencia de sus años, (sonrío con ternura al imaginarla), resguardada por la Cleofa, la nana mayor y fiel que se fue con ellas después del período de  peleas y separación de su marido. De pronto se detuvo alarmada, sencillo, monedas, necesito sencillo para pagar el pasaje. Aún le quedan resabios de los antiguos temores de universitaria, enfrentar al chofer, aunque hacía más de un año que no se subía a una micro. Ahora tenía que hacerlo porque su auto estaba desde anoche en el garaje para ser reparado. Tenía unos ruidos  raros insoportables.

-Son las pastillas, déjemelo y en dos días se lo tengo listo- dijo el mecánico.

Se quedó ¡Plop! No tenía idea que los autos tenían pastillas. A lo mejor se las sacan porque el auto resultó diabético igual que su ex-suegra, que armaba una trifulca de padre y madre cuando le quitaban sus dulces.

Se reía sola en el paradero al recordar la última pelotera con su ex por causa de su suegra y sus pastillas, que terminaron en la taza del baño junto con su peluca por un error de cálculo de su “adorado hijito”.

Luego de subir al micro se sentó en el primer asiento, como las ancianitas, pensó. No quería mezclarse ni ubicarse en la parte trasera del vehículo por miedo a caerse y ser asaltada. Es ridículo que tenga temor, se dijo, después del bruto que tuve de marido. Recordó con tristeza como tuvo que aprender a defenderse.

  

Parte II
 
Marcos se levantó de buen ánimo. Hacía mucho tiempo que no se sentía así. El tiempo terrible de cesantía, el derrumbe de su hogar, el abandono de su mujer, habían hecho mella en su acostumbrado optimismo. Se observó en el espejo, sonrío mostrando su dentadura reluciente y perfecta.

--¡Buenos días señor ingeniero ”Gerente de Comercio Exterior”! – se saludó a sí mismo.

--Hoy es el día, hoy obtengo ese trabajo ¡Si señor! Dijo en voz alta y de un brinco giró dirigiéndose a la puerta de salida.

Había trabajado en todo y de todo durante este tiempo de cesantía crónica, incluso de chofer de colectivo. No le tenía miedo al trabajo. Por primera vez se le presentaba la real posibilidad de ejercer su carrera. Hacerse cargo de la oficina que se abriría en la capital  para después expandirse a Europa gracias al tratado de libre comercio. Hoy sería la última entrevista. Había movido todos los pitutos posibles, incluso a su tío, el juez de la corte suprema. Hacía un mes  que había presentado su currículo, los certificados requeridos, los master realizados en el extranjero (No presentó el certificado de primera comunión debido a que  no la hizo), hablaba dos idiomas. Hoy, por fin lo citaron.

--Si, el puesto es perfecto para mí--pensó para sí, mientras cerraba el portón del condominio donde vivía.

Miró su reloj, las 7.00 A.M.

 --Cálmate Marcos, aún es temprano, camina un poco y relájate—monologó en un susurro.
 
Con las manos en los bolsillos echó a andar distraídamente hasta el próximo paradero, tratando de ignorar el nudo en la guata que lo traicionaba. Seis años de cesantía pesan como para poner nervioso a cualquiera ante la oportunidad de su vida.
 
Parte III

Antonia miró por la ventanilla al hombre que se acercaba con ademán de subir.

--¡Que bombón!—pensó acomodándose el pelo  coquetamente.

Cuando percató su gesto instintivo, se reprochó:

--¡Qué tonta! Parezco una colegiala, definitivamente me hace mal andar en micro. ¡Si con mi ex tuve suficiente!

Notó sus musculosos brazos y amplio pecho dentro de ese traje de corte perfecto. Su tez bronceada lo hacía ver de aspecto deportivo dentro de su elegancia. Mientras subía al bus observó sus grandes manos bien cuidadas, al levantar la vista se dio cuenta que él la observaba, inmediatamente el calor subió a su rostro, se movió inquieta y volteó hacia la ventanilla desconcertada.

--¡Cómo puedo ser tan burra! Me pilló mirándolo y notó mi vergüenza.

 
Parte IV

Cuando Marcos subió al micro le llegó un olor exquisito que lo estremeció. En su alocada carrera por el sustento diario, en los tiempos de escasez, había olvidado como huele un buen perfume. Este aroma le recordó su otra vida ( como él la llamaba) cuando tenía su mercedes y no andaba zangoloteando de micro en micro, su reloj Cartier de tres millones y no el cuarzo convencional que le estrangulaba la muñeca, sus zapatos italianos que trajo del último viaje y no estos nacionales de planta china que ahora torturaban sus pies, todo lo había vendido para sobrevivir, hasta su corbata francesa y sus calzoncillos Armani, exclusividad de la moda.

Este aroma lo sacudió con nostalgia entre la comodidad del pasado y el presente tan austero.

--Ya ni siquiera recuerdo el perfume de mi ex mujer-y pensó en su casa con escasos muebles, una cocinilla, su cama y su escritorio.

Pagó el pasaje y volteó siguiendo el llamado del perfume, se encontró con una linda mujer que lo observaba detalladamente desde el primer asiento.

--¡Qué preciosa! –se dijo y sin dudarlo se sentó al lado de ella.

--Le dio vergüenza porque la sorprendí mirándome-pensó para sí con cierta complacencia.

Le parecía raro que una mujer se sonrojara, no son tiempos de rubores- pensó.

Era difícil estar sentado a su lado. El asiento le quedaba chico, le sobraban los pies y no sabía dónde poner sus manos.

--Parece un angelito aquí a mi lado-pensó con picardía.

No lograba descifrar si era el clima, las circunstancias o el perfume que lo hacían sentirse conquistador, coqueto y excitado.

Cerró los ojos y se dejó llevar al sentir la sensación grata en su costado, el rozar del muslo derecho de su compañera, la redondez de su cadera, la calidez de su hombro y el aroma del perfume que lo inundaba hasta lo más íntimo. Dejó volar su imaginación.

  
PARTE V
 
Antonia miraba insistentemente por la ventanilla del bus, que danzaba en el tráfico mañanero por calle Colón hacia Concepción.

--¿Cómo es posible este bochorno?--

Le daba rabia que el desconocido viera su debilidad.

--Se va a creer el cuento, como todo hombre...creen que las mujeres caemos rendidas a sus pies...y no es así...no señor—se repetía molesta pero no pudo evitar mirar con el rabillo del ojo  al desconocido sentado a su lado. Al apreciar su cuerpo cálido, rígido apegado a ella, se inundó de sensaciones ya olvidadas, un cosquilleo que le llegaba hasta la nuca, observó su boca, la atrapaban esos labios. Sin querer respondía a sus movimientos, el entrar y salir del aire que ensanchaba su pecho.

--Mantén la calma Antonia debes llegar a la oficina-se dijo.

A las once tenía entrevista con su jefe, días atrás solicitó ser la encargada de la sucursal que se abriría en Santiago, significaba un gran salto en su carrera, pues sería el paso hacia las posibilidades de trabajar hacia Europa por el recientemente firmado tratado de libre comercio. Tenía experiencia en asuntos exteriores, hablaba perfectamente dos idiomas y tenía antigüedad en la empresa.

--El puesto será tuyo sino hay inconvenientes- le dijo su jefe -hay otro postulante y veremos que decida el directorio, cuenta con mi apoyo.

Ahora en este micro, todo le giraba, la intensidad que le provocaba ese desconocido iba en aumento. Cerró los ojos y dejó volar su imaginación.
 
Parte VI

 Marcos trataba de calmarse, no quería ni moverse por miedo a que sus deseos le traicionaran, tenía unas ganas locas de abrazar y besar a esa desconocida, entreabrió sus ojos y miró sus piernas, envueltas en una tela exquisita y suave que delataban sus muslos. Sintió un llamado a perderse en ella. Subió la vista, encontró sus pechos turgentes ceñidos por una blusa rosada que subía y bajaba al ritmo de su respiración. Se imaginó acariciándola.

Antonia por intuición comprendió que el desconocido la estaba mirando, la recorría con sus ojos. Trató de disimular la emoción contenida. Él le tomó el rostro con las manos y la besó intensamente. Ella entreabrió los labios para recibir el beso cálido, suave, luego, profundo y apasionado, impetuoso. Sus manos descendieron y acariciaron su cintura, su espalda, ella respondió abrazándolo, dejándose llevar por la caricia. Él desabrochó lentamente su blusa, mirándola a los ojos desnudó uno de sus senos, después el otro y con su boca la rozó deliciosamente. Una llamarada, una explosión, las manos en su espalda desnuda, en su vientre. Ella osadamente desabrochó el pantalón. Él con retenido deseo, comenzó a bajar su falda deslizándola hasta el suelo mientras besaba sus hombros. Ella acariciaba sus glúteos con estremecimiento. Antonia se sintió flotando en una nube cuando él la cubrió con su cuerpo desnudo y en un abrazo se entregaron al placer.

--¡Señorita! Ya llegamos a la altura del trescientos cincuenta por Aníbal Pinto, me dijo que le avisara- Antonia escuchó lejana la voz del chofer. Abrió los ojos y pequeñas gotas de sudor cubrían su frente. No quiso mirar a su compañero de asiento que con los ojos cerrados respiraba entrecortadamente.

--Sí, sí, gracias-dejando el corazón y el alma en el asiento se dispuso a descender de la micro.

Marcos continuaba con los ojos cerrados.

Antonia caminó unos pasos cuando escuchó que el desconocido le decía:

--Señorita, señorita, disculpe, se le quedó la cartera en el micro, tome usted.

Desconcertada Antonia pensó:

--Una mujer puede olvidar cualquier cosa, pero nunca su cartera, ojalá no se dé cuenta de lo que me pasó.

--Gracias, la verdad es que tengo tantas cosas en la cabeza...

--Sí, la entiendo, si usted supiera las cosas que yo he olvidado a veces-le respondió el desconocido, acomodándose a su lado.

Avanzaron un poco por calle Barros Arana, rodeados por la multitud que iba y venía en el paseo peatonal.

Marcos le dijo:

--Te invito a un café-mientras pensaba ¡A la mierda con la entrevista!

Antonia respondió rápido:

--Acepto-mientras pensaba ¡A la mierda la sucursal de Santiago!

EL HOMBRE


El hombre caminaba con pasos cortos, cabizbajo, con apuro, apretando el portafolio de cuero negro en su pecho. Se confundía en el tráfago matutino del Paseo Ahumada. Era uno más entre la gente, pero, un buen observador notaría su rostro demacrado, parecía llorar sin lágrimas, tan acongojado como si llevara el peso del mundo sobre él. También un buen observador notaría el nerviosismo o temor que apretaba su portafolio.
Tenía que llegar luego a las oficinas de la Alameda, entrar por el estacionamiento y subir directamente al despacho del General.
El hombre desde pequeño había soñado con ser militar, desde siempre se sentía arrebatado por la vocación de soldado. En su infancia soñaba con proezas y heroísmos para su patria. Por eso se alegró cuando el general lo llamó esa mañana, a él, insignificante soldado encargado de trasladar papeles de una oficina a otra en “la gran casa de la Alameda”. Entró un poco desorientado y manos sudorosas de tanta emoción.
Se cuadró marcialmente frente a su General, el cuerpo lo sentía electrificado como si su uniforme de campaña, desprovisto de medallas y condecoraciones fuera la mismísima bandera tricolor que lo arropaba.
--Sargento, descanse- le dijo el General, con esa voz de mando, segura, autoritaria, que lo caracterizaba. El tronar de la orden lo caló hasta lo más hondo.
--Amigo ¿cuánto tiempo lleva usted trabajando en esta repartición? -inquirió el militar con voz más suave.
El hombre tardó unos segundos en responder, se sorprendió, no esperaba que su General lo tratara de amigo con ese tono paternal, cómplice de confidencia.
--Señor, tres años y siete meses señor- respondió con voz militar escondiendo sus emociones.
--Hace tiempo he notado la dedicación y empeño con que realiza sus tareas sargento- le dijo el General sentándose en su sillón, magnífico, cómodo, repujado en cuero, detrás del amplio escritorio de ébano y mármol.
El hombre quedó impresionado, no sabía si por lo que había escuchado o por ver a su General sentado detrás de ese altar imponente, mejor que el Papa en la Plaza de San Pedro.
--¿Cuánto hace que está en el ejército sargento?
Sintió que la voz le llegaba desde las nubes.
--Señor, quince años, señor – respondió, con voz ronca y alta.
--Hoy usted mi amigo prestará un gran servicio a la Patria, en estos tiempos de guerra, con tantos enemigos ocultos. Hay que ser firmes y leales para vencer a los comunistas amigos del marxismo extranjero.
El hombre continuó escuchando, grabando en su memoria las instrucciones que le daba como en una catarsis, al término saludó, giró y salió de la oficina. Fue a su casa, se quitó el uniforme, se vistió de civil, abrazó a su esposa que lo miraba extrañada, sin preguntar nada. Esa mujer menuda que con su cariño silencioso le había salvado de tantas depresiones en estos tiempos tan duros e incomprensibles. Se tomó un café, total estaba en casa y aún había tiempo. La infusión no lo calmó, los negros pensamientos seguían acechándolo. No cabalmente la misión encomendada. Su cerebro trabajaba a mil, atando cabos, viendo más allá, descifrando las incógnitas. No lograba entender o tal vez no quería entender. ¿Por qué tenía que ir de civil hasta el sector de Recoleta? A una sucursal de extranjero le había dicho su General, no en un jeep del ejército ni siquiera en su auto y entregar los números que guardaba en el rincón más profundo de su memoria. El hombre trataba de desechar esa inquietud creciente, galopante en su interior. Hubiera preferido ir con uniforme. De civil se sentía desnudo, desamparado, huérfano.
Se dirigió al paradero más próximo y tomó la micro. En veinte minutos estaba en la calle Independencia, calculó la altura de la numeración y se bajó, llegó a Recoleta, sombría, bohemia, apostadores consuetudinarios transitaban hasta el hipódromo.
Llegó al local y entró, más que banco parecía una oficina de abogados poco exitosos.
Se le acercó alguien con impecable traje oscuro a rayas y le dijo parcamente:
--Vengo a hablar con Mister John, me está esperando.
En silencio le hicieron pasar a otra oficina, más amplia y menos iluminada, llena de computadores funcionando y hombres ídem. Alguien alto, rubio, delgado, de ojos azulinos se acercó y lo saludó en mal español, inmediatamente agregó:
--Si me da los números que trae, haremos el trámite inmediatamente.
El hombre se quedó parado, rígido en medio de la sala, tratando desesperadamente de buscar en su cerebro los fatídicos números y no encontró nada, todo estaba en blanco, podía sentir como la sangre recorría todas sus venas, quería moverse y no lo lograba, quería hablar y de su boca no salía palabra alguna. Como desde el fondo de un gran cuarto oscuro avanzaban lentamente recuerdos de rumores terribles, prohibidos entre la tropa que trabajaba en la “Gran casa de la Alameda”, de dineros, de fuga, de soldados desaparecidos, subversivos, “vendepatria”.
Qué difícil se le hacía al hombre reconocer ahora quiénes eran los enemigos. A este gringo, rubio, joven, impecable, que tenía enfrente, no sabía como clasificarlo. Una chispa en su interior sonaba como una alarma.
--Soldado, me da esos números- le dijo con cierta prepotencia el gringo.
Sin poder disimular del todo, con un ligero titubeo recitó de memoria los números aprendidos, mientras su interlocutor los anotaba con agilidad en una libreta, acto seguido se dirigió a un computador y comenzó a trabajar en él.
El hombre se acercó y con el rabillo del ojo alcanzó a leer un poco la pantalla, eran números y cifras astronómicas, dólares americanos y un nombre se quedó incrustado en su frente “Banco Riggs”.
El rubio imprimió unas hojas, las tomó, revisó, cerró la pantalla, se adelantó hasta el escritorio, sacó un portafolio cuero negro, introdujo las hojas y se las alargó al hombre.
--Listo - lléveselas al General.
El hombre tomó el portafolio con manos temblorosas, se sentía fatigado, muy viejo. Con pasos lentos y cuerpo encorvado salió del local.
Ya encajaban todas las piezas de su misión secreta.
Caminó hacia Independencia, atravesó el Mapocho, no tenía ánimo ni para tomar el micro, sentía punzantes dolores en todas partes, hasta en lugares que ni sabía que tenía pero lo que más le dolía era el alma.
Cuando llegó al Paseo Ahumada apretó con fuerza el portafolio a su pecho con temor a ser asaltado, continuaba sintiéndose desnudo sin su uniforme militar.
Al llegar a la Alameda entró por el estacionamiento siguiendo las instrucciones, ingresó al despacho, le entregó el portafolio al General quien sonreía satisfecho.
Regresó a casa y en silencio tomó todos sus uniformes y al final del patio les prendió fuego como en un rito de expiación, besó a su mujer, miró a sus hijos, no se atrevió a tocarlos, se duchó, vistió la misma ropa, escondió los espejos y con el arma de servicio en la mano entró en el garaje.
Al otro día en los periódicos de la ciudad se leía el siguiente titular:
“El General se reúne con su Gabinete para planificar nuevas estrategias de superación de la pobreza en que dejaron al país los “comunistas”.
Y en un titular más pequeño, casi al margen de la página se puede leer:
“Un nuevo mártir para la Patria, un sargento cae en enfrentamiento con extremistas, más información en página 8”.

sábado, 21 de agosto de 2010

180 GRADOS


180grados



María Cristina Ogalde


Recorro  las calles con premura, voy a visitar otra agrupación de Adultos Mayores, en la actualidad proliferan con ímpetu en mi ciudad. Sonrío, apuesto que si alguien observara en mi rostro esa sonrisa socarrona que me caracteriza cuando estoy contenta y satisfecha, encontraría la misma expresión del gato Tom cuando al fin pudo comerse a Jerry y nadie lo pilló.


¡Qué circunstancias más extrañas me trasladaron a este momento! La memoria, trae a la mente los crueles acontecimientos, las desesperanzas que traspasaron mi vida.  No duelen  tanto, es más, creo que puedo reírme de ellas gracias a mi tozudez y el ir y venir de este trabajo que me permite compartir con muchas y diversas personas que conforman las diferentes agrupaciones de adultos mayores de mi comuna, y que como operativa en terreno de la oficina municipal del adulto mayor   recorro día a día. Tozudez, ¡por Dios que he sido porfiada!  Desde chiquitita quise ser monja y déle con eso. ¡ No había caso!,  si hasta mis juegos infantiles siempre terminaban en algo parecido, o  bautizando muñecas o sepultando pajaritos, ratones o cualquier bicho que se me ocurriera, también rezando misa - con las ropas de acólito de mi hermano que mamá lavaba todas las semanas para que,  de punta en blanco, todos los domingos   estuviera  firme al lado del Padre Jesús, en la parroquia de mi barrio, como el monaguillo oficial y permanente durante  su infancia - o haciendo procesiones a cuanta virgen o santo  se me ocurriera.  Siempre arrastraba a mis amigas y amigos del barrio, con los que en las tardes después de la escuela nos juntábamos.


Continuo caminando y adentrándome en mis recuerdos, todos ellos impregnados de ese deseo de ser monja, pero una moja “chora”, no de claustro sino de vida activa, de trabajar con los pobres, de dedicar mi vida a servir  a los pobres, tal vez porque sé lo que es la pobreza, de no tener pan para el desayuno y de irme con “la guata pelada” a la escuela por las mañanas, en tiempos en que no daban leche en el recreo, sabía lo que era regresar a casa y  encontrar el único almuerzo: una taza de  té inventado con ingenio por mi madre que hacia de la pobreza la “escuela de la ingeniería”. En los tiempos de escasez extrema, el almuerzo consistía en un té elaborado con hojas de boldo, que siempre están a la mano en el cerro y dan sabor, agua caliente y azúcar quemada para el color. Por lo que fuera, yo quería ser monja para hacer la pobreza menos pobre o para ser más justa.


-Hola  señorita María, la estábamos esperando.

Una  mujer menuda de apariencia indefinida, arremangándose el antiguo delantal, con tantos años como ella, salió de un portón enrejado de color negro al encuentro de la señorita María, sacándola de sus profundos pensamientos.

-Hola doña Rosario, espero no haber llegado tan tarde – respondió la señorita María, abrazándola con cariño.

-Venga, venga -   le dijo la mujer tomándola de la mano para entrar en un amplio salón un tanto desvencijado pero adornado cálidamente.


De las paredes colgaban diplomas y en repisas se alineaban orgullosos trofeos, allí la esperaban una veintena de rostros expectantes y arrugados  de las mujeres y hombres presentes, sentados alrededor de mesas o mesones, unas tejiendo, otros jugando cartas, todos en amena charla.

-Chicas llegó la señorita María, empecemos la reunión… ya, ya… guardemos los tejidos, las cartas, el dominó y pongámosle atención – agregó, golpeando las palmas para llamar al silencio.


La señorita María se acomodó en la silla que le ofrecieron y de su maletín extrajo papeles y carpetas. Haciendo un ademán gracioso olisqueó el ambiente y comentó:

-¡Hummm! sale buen olor - exclamó

-Adivine con que la estamos esperando para la once- exclamó una.

-Con sopaipillas - respondió la señorita María.

-¡Y pebre cuchareado! - agregaron todos a coro riendo con ganas para demostrar que era una fiesta recibirla en su sede social y que conocían su afición por las sopaipillas.


Así era la vida de María, la que dio un vuelco 180 grados después de 20 años como monja “para servir a los pobres” como ella quería. Pero las circunstancias se dieron de otra manera, después de terminar tres años de formación en el postulantado y el noviciado profesó sus votos solemnes de “Pobreza, Castidad y Obediencia”. La castidad y la pobreza no le costaron vivir pero el de obediencia fue su tortura desde el principio. Después de convertirse en monja, los días pasaban y  no le daban destino para trabajar en alguna población o villorrio perdido en el mapa. Después de  20 días no aguantó más y preguntó:

-Madre Superiora, ¿dónde me enviarán a trabajar?  -  y esperó la respuesta con disimulada ansiedad.

-Paciencia hermana lo estamos viendo con el Consejo - respondió la Madre Superiora, una mujer enjuta, huesuda y alta embutida en su impecable hábito blanco.

María se inquietó. No era costumbre que el Consejo decidiera el destino de una monja y  que se demoraran en mandarla a alguna casa comunitaria de las que su congregación tenía distribuida en los 5 continentes.

 Ahora si que me cobrarán por haber dejado la Universidad – pensó, porque efectivamente cuando solicitó ingresar al convento le pidieron que terminara la carrera de Historia y luego ingresara, pero ella no les obedeció, consideraba que 4 años más era mucho esperar.

Después de un mes de indecisiones el Consejo en pleno la llamó a reunión.

-  Mire hermana – comenzaron muy serias a hablarle – nosotras sabemos cuanto anhela usted trabajar en una comunidad, pero antes de sus anhelos está la voluntad de Dios por medio de este Consejo.


Las siete religiosas allí reunidas miraron a la señorita María como estudiando sus reacciones puestas a prueba.

-Las necesidades de la congregación son diferentes a sus expectativas, la mandaremos a estudiar a Europa, a la Universidad Jesuita en Roma, allí usted se preparará en Psicología de la Trascendencia y será nuestra   “Maestra de Formación Permanente” y nuestra “Consejera”, porque como ya le hemos expresado…..blá-blá-blá…


La señorita María no podía creer lo que estaba escuchando, le parecía irreal, miraba los rostros de aquellos ojos escrutadores y le parecía hasta gracioso o tal vez por los nervios le costaba contener las incipientes carcajadas de su boca. Tuvo que apretar fuertemente los labios.


-….. la próxima semana partirá a Italia donde nuestras hermanas de la Casa General la están esperado - terminó diciendo la Madre Superiora.


- Ante Dios y ante este Consejo su destino esta sellado – concluyó la religiosa de más edad, como una profecía.



Ciertamente quedó sellado su destino ese día, estudió en Roma, luego en Brasil después nuevamente en Roma hasta convertirse en “loquera de sus hermanas” como algunas con cariño, la llamaban. Conoció los cinco continentes, todas las obras, las comunidades, las parroquias, pueblos y villorrios donde sus hermanas trabajaban, pero ella nunca participó de esos trabajos, su labor era atender a las hermanas, orientarlas, ver sus traumas, velar por la convivencia. Se transformó en lo que la modernidad de los conventos llamaría una buena sicóloga y guía espiritual, “Maestra de Formación Permanente”. Participó en la corrección de la Regla de Vida de su congregación y de otras congregaciones que no contaban con sicóloga propia. Estuvo  inmersa en la renovación de las congregaciones religiosas después del llamado de la Iglesia a actualizarse a partir de los Documentos de Medellín y Puebla, especialmente Latinoamérica, subió a las alturas de los grandes poderes de la religión. Ella, la pequeña que en el barrio soñaba con Misiones en África, en los Sarracenos o en China convirtiendo a los “infieles”, nunca trabajó con los pobres o para los pobres y su corazón fue marchitándose, 20 años fueron suficientes para sacudirse el voto de obediencia. Arregló por última vez su maleta y se fue, regresó a sus raíces, a su casa que ya no era su casa, a su familia que ya no la reconocía como tal, a su barrio de la infancia absolutamente desigual. Ahora sí era pobre, sin trabajo, sin casa, sin profesión para el mundo civil y sin juventud para empezar de nuevo.


Llegó de allegada a la casa de su hermano mayor que no la entendía ni ella lo entendía a él, los separaban 20 años y una vida extraña, según su hermano. Entre los recuerdos de lo que había dejado en el convento, las últimas palabras que le dijeron, retumbaban en su cerebro - ¡TRAIDORA! -   y éstos  que retomaba pero que ya no la reconocían, la tortura mayor era el trabajo. No tenía trabajo y no sabía que podía hacer en el mundo secular, no era una jovencita, en julio cumpliría los 45.    ¿Quién la contrataría a esa edad?, pensaba por las noches mirando las estrellas buscando sosiego a su alma perturbada. Ni rezar podía. ¡Cómo voy a rezar a un Dios del cual me he divorciado!, se decía.


Una de esas tardes en que se rebanaba los sesos tratando de solucionar sus problemas escuchó un llamado a la puerta


-Hola vecino, ¿Qué lo trae por aquí?

-Buenas tardes Madre- le respondió un hombre, moreno tostado por el sol de tantas horas en la mar ejerciendo su oficio

-Por favor vecino no me llame Madre que ya no soy monja, ya se lo expliqué

-Perdón Madre…este señora, ¡Uyy!, señorita, ¡Uyy!…Madre. …uffff!


-Llámeme vecina don Pedro- respondió.


-Bueno vecina…este… yo quería pedirle un favor…


-Dígame con confianza –  respondió  María un tanto divertida por la timidez del hombre.


-Bueno, usted sabe que soy presidente  de la Junta de Vecinos- le respondió- mirando hacia otro lado como pidiendo disculpas- y me mandaron a pedir alguien para una reunión en la municipalidad para programar la Navidad en el barrio y como usted,  bueno, como usted sabe de esas cosas, quería saber si podía representarnos en la “Muni”…es solo una reunión, no le quitará mucho tiempo.


Así empezó todo, después de formar parte del equipo que celebró la navidad en los barrios de los cerros, desde la municipalidad le pidieron que participara del proyecto social para las familias, un trabajo voluntario le explicaron, claro que le devolvían la plata de los pasajes cuando asistiera a capacitación.


Hasta que un día en la oficina…:


-        Señorita María, la queríamos invitar a trabajar en la oficina municipal del adulto mayor- le dijo de un golpe la asistente social que tenía en frente.


-Como se ve que le gusta el trabajo que ha hecho con nosotros y le gusta interactuar con personas… ¿Por qué no...? Pues…véngase a trabajar con nosotros- agregó la Jefa que estaba arreglando unos archivos en un estante.


Su vida giró en 180 grados. Un trabajo que se ajustaba como anillo al dedo, que disfrutaba como pescado en el agua, como chanchito en el barro, el que hacía con naturalidad, como si lo hubiera realizado toda la vida.

La señorita María sonrió….

 -  Bueno chiquillas ya me voy, tengo que ir  a la oficina antes que sea tarde, tengo que ordenar estas fichas de inscripción para el campeonato de cueca- dijo  levantándose de la mesa y arreglando los papeles en el maletín.


-No se olvide que las cuecas tienen que ser de salón- le dijo una señora haciendo un ademán de pituquería con un pañuelo.

-No se preocupen que habrá de todo tipo – les respondió y gracias por las sopaipillas, estaban exquisitas – agregó.


Mientras se acercaba a la puerta, una viejecilla encorvada se acercó cuchicheando:

-Tome…lleve para el camino…

Con tanto cariño le alargó unas sopaipillas envueltas en servilletas que María la abrazó conmovida.

Las sopaipillas no eran lo importante sino el momento que pasaba con esas ancianas que en el último escalón de sus vidas trataban de hacer dignidad con su envejecimiento abriendo espacios de participación e integración negándose a continuar en sus casas, arrinconadas en la oscuridad del olvido y bueno… las sopaipillas eran lo más barato para compartir con sus pares, por eso María tenía fama de ser buena comensal en cuanto a ellas se tratara.


Se retiró del local, rumbo al paradero con las fichas de inscripción bajo el brazo y la sonrisa amplia.


Lejos habían quedado los días  de oscuridad, de incertidumbre. Este trabajo la había arrancado  del sin sentido de la vida, le había devuelto las esperanzas, lejos estaban los 20 años de hacer lo que no le gustaba y que lentamente había envejecido su corazón, ahora trabajaba con los más pobres, los que para bien o para mal habían vivido su vida y  estaban retomando su rumbo desde el olvido social, se entretenían en sus agrupaciones y  marcaban presencia en la sociedad. Ella era parte de eso… era su trabajo…su vida.



miércoles, 25 de noviembre de 2009

Entrevista a la escritora Ingrid Odgers


Por Cris Ogalde

La Sociedad de escritores de Chile y el Centro de Investigaciones Colectivo La silla, ha postulado a la escritora penquista Ingrid Odgers Toloza, al Premio de Arte y Cultura Baldomero Lillo. Hemos querido dar a conocer algo de su bibliografía y sus actividades literarias, culturales y de gestión que realiza desde hace años en la región y a nivel nacional.

Cris:
¿Qué es para Ingrid la poesía?
Ingrid:
Una pregunta recurrente ésta, la poesía es vida como lo dije alguna vez es la liberación de todas mis angustias.
Cris:
¿Puedes contarnos un poco de ti, obras publicadas, actividad literaria?
Ingrid:
Nací, crecí y me desarrollé como persona y profesional en Concepción. Escribo desde muy niña, y desde niña leí todo tipo de libros que llegaban a la casa. Toda la vida he sido una gran lectora. En la infancia los cuentos infantiles y las revistas de mi madre y hermana, en la adolescencia, las novelas de Agatha Christie y Vargas Llosa, García Márquez. Luego, por mucho tiempo mis libros fueron de administración, finanzas, computación e informática y luego decidí dedicarme a la literatura por una gran necesidad interior y una profunda inquietud de comunicación. A la fecha tengo 16 libros publicados, incluido un ensayo y dos novelas, varios libros de poemas, ensayos y novelas inéditos. Ser miembro del Consultivo nacional de la Cultura y las Artes también ha sido un privilegio, como las invitaciones al extranjero por mi poesía y ponencias, etc.
He realizado una gran y múltiple actividad literaria, desde la gestión, radio, TV, la crítica, prólogos, comentarios literarios, participaciones como jurado, talleres. etc.
Cris:
¿Cómo defines tu poesía?
Ingrid:
Mi poesía habla de lo cotidiano, tiene rasgos surrealistas y existenciales. Complica definirla y es que siempre hay una evolución. La poesía, la creación crece a la par del ser y la experiencia.
Cris:
¿Qué autores influyeron en tu creación?

Ingrid:

Una es una suma de tantos y tantos autores que casi da temor mencionar alguno y olvidar otros, pero Lihn en poesía y José Donoso en narrativa podrían ser algunos referentes, sin olvidar a Paz, Cioran, Mistral, Neruda, Whitman, William Butler Yates, Rainer María Rilke y no enumero según relevancia. Todos son importantes.

Cris:
¿Qué persigues con tu creación literaria?
Ingrid:
Ser feliz y perdurar en el tiempo.
Cris:
¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a lo largo de los años?
Ingrid:
Como lo expresaba anteriormente, la creación poética va cambiando con el conocimiento y la experiencia de vida.
Cris:
¿Se nace o se hace poeta?
Ingrid:
El poeta nace, el narrador se hace.
Cris:
¿Qué consejos le darías a un escritor que se inicia?
Leer, leer y leer
Cris:
¿Qué opinas respecto a la industria editorial?
Ingrid:
Ningún apoyo para los escritores/as de provincia en nuestro país. Un gran dolor de cabeza para los escritores.
Cris:
¿ Qué libros de poesía recomendarías y cuáles de narrativa?
Ingrid:
Toda la poesía de Lihn de todas maneras, en narrativa Cortázar y Diamela Etilt además de Donoso por supuesto.
Cris:
¿Qué piensas de las nuevas tecnologías?
Ingrid:
Una poderosa herramienta de apoyo a la creación literaria, un espacio vital para la comunicación y la creación. Y para la difusión de lo actual, de la creación contemporánea.
Cris:
Realizas talleres literarios, ¿algún talento joven que desees mencionar?
Ingrid:
Claro que sí, Federico Krampack, Douglas Alarcón, Samuel Andrés, Nicolás Ponce, son algunos.
Cris:
¿Deseas agregar algo en particular?
Ingrid:
Sólo agradecer tu permanente apoyo a mi trabajo literario. Gracias por la entrevista y la difusión.

domingo, 25 de octubre de 2009

Dos Poemas


CARNE VIVA


Carmín y milagros me trajo tu boca

Que se esfumó en el andén obligado

Mis pies desterrados de una patria ajena

Inquietos se retuercen en el hilo del tiempo

Las manos duelen de tanto alcanzarte

No digo olvido, no

eres carne viva

En mi complicada sesera

El mastín de Dios trajo mi invierno a tu verano

Y en las postrimerías

No tuve el valor de pedirte de suplicarte

Que arriesgaras tu cuello




REALIDAD


La angustia es más angustia cuando me faltas tú

La angustia es más angustia cuando sueño que no estás

Es más angustia la angustia

Cuando despierto